El día del Señor, día también de ofrendas

Cada primer día de la semana cada uno de vosotros aparte en su casa, guardando lo que por la bondad de Dios pudiere; para que cuando yo llegare, no se hagan entonces colectas. 1 Corintios 16. 2

Este día ya había sido santificado por los cristianos como el día del Señor, el día inaugural tanto de la creación física como de la nueva creación espiritual; gradualmente sustituía el séptimo día al sábado judaico (Salmo 118.22-24; Juan 20.19 y 26). Así mismo el principio del año fue cambiado del otoño a la primavera, fecha del Éxodo de Israel de Egipto. Tres fiestas anuales, todas típicas de verdades cristianas, se ordenó que fuesen guardadas en el primer día de la semana: la de los primeros frutos mecidos, que corresponden a la resurrección del Señor; el pentecostés, o fiesta de las semanas, típica de los frutos de la resurrección en la iglesia cristiana (Levítico 23. 11, 15, 16, 36). Y la fiesta de los tabernáculos en el tiempo de la siega, típica del agrupamiento del número total de los elegidos desde un cabo del cielo hasta el otro. La pascua fue ordenada como sábado santo (Éxodo 12.16).

El descanso (sábado) cristiano conmemoraba las obras respectivas de las tres Personas de la Trinidad: la creación; la redención (resurrección) y la santificación (en pentecostés se derramó el Espíritu Santo). Jesús vino para cumplir el espíritu de la ley, no para abrogarla, ni para rebajar el ideal de ella. El objeto primordial del sábado es la santidad, no meramente el reposo.

Aunque no haya colecta pública semanal, cada uno ha de poner aparte, privadamente, una proporción determinada de sus haberes semanales para la causa del Señor, sostenimiento de la obra en su iglesia y gracia en la liberalidad de ofrendar para el Señor y cumplimiento con nuestros diezmos. El vocablo griego atesorando abundantemente, son las arras de un tesoro mejor guardado para el dador (1ª Timoteo 6.19).

 

 

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