Tú eres nuestro Guía

Introducción

Para muchos cristianos la cuestión de la dirección es un problema crónico.  ¿Por qué? No porque duden de que la dirección divina sea un hecho, sino porque precisamente están seguros de que lo es. Saben que Dios puede guiar, y ha prometido guiar a todo creyente cristiano. Libros, amigos, oradores, les informan sobre la dirección divina que ha obrado en las vidas de otros. Su temor, por lo tanto, no es que no haya guía disponible para ellos, sino que pueden perder la guía que Dios les provee por alguna falta en ellos mismos.

“Guíame, Oh Salvador, por la vía de salud; a tu lado no hay temor, sólo hay gozo, paz, quietud” cantamos. Pero la ansiedad nos acosa porque no estamos seguros de nuestra receptividad a la dirección que Dios nos ofrece. Esta inseguridad también tiene su origen en la gran ignorancia de los cristianos (¡de nosotros!) acerca de Dios: su bondad, su independencia, su personalidad por lo que no sorprende que en la misma iglesia llegamos a cuestionar nuestra relación con Dios y su efectividad en nuestra “vida real”. Vale la pena por ello, recordar algunos conceptos bíblicos sobre la dirección divina.

La creencia de que la dirección divina es real descansa en dos hechos fundamentales: primero, la realidad del plan de Dios para nosotros; segundo, la habilidad de Dios para comunicarse con nosotros. Sobre estos dos hechos, la Biblia tiene mucho que decirnos.

¿Tiene Dios un plan para cada uno?

Por supuesto que sí. Dios tiene un designio eterno según el consejo de su propia voluntad. Tuvo un plan para la redención de su pueblo, para guiarlo, para proteger y guiar a su pueblo aún en medio de la dominación de naciones extranjeras. Tuvo un plan para Jesús, toda la misión de Jesús consistió en hacer la voluntad de su Padre (Juan 4.34, Heb. 10. 7-9). Dios tiene un plan para cada uno de sus hijos.

¿Puede Dios comunicarnos su plan?

Claro que sí. Dios comunica al hombre su voluntad. El libro de los Hechos registra en más de una ocasión, la dirección detallada de que el Espíritu Santo da a la Iglesia y a sus siervos en los casos de Cornelio, el eunuco etíope, el envío de Pablo y Silas como misioneros, etc. Dios no tiene ninguna dificultad para hacer conocer su plan a sus siervos. Más aún, la Escritura contiene promesas explícitas de dirección divina por las que podemos conocer el plan de Dios. “Te mostraré el camino que debes andar” Salmo 32.8, Salmo 25, Proverbios 3.6 y muchos pasajes más.

Los cristianos somo hijos de Dios, y si los padres humanos tienen la responsabilidad de guiar a sus hijos en asuntos en los que la ignorancia y la incapacidad pueden significar peligro, no tenemos por qué dudar que en la familia de Dios ocurra lo mismo.

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?

Cristianos sinceros con frecuencia nos equivocamos cuando nos ponemos a buscar la dirección divina ¿Por qué ocurre esto? Frecuentemente la razón es que la idea que tienen de la naturaleza y el método que emplea Dios para guiar es errónea. Buscan fuegos fatuos; pasan por alto la guía que está al alcance de la mano, y se exponen a toda suerte de decepciones. El error básico está en pensar en la dirección divina como si fuese especialmente un impulso interno que da el Espíritu Santo, desligado de la Palabra escrita. Esta idea, que es tan vieja como los profetas falsos del Antiguo Testamento sigue muy en boga.

¿Debo pensar en casarme o no? ¿Me convendrá́ casarme con tal persona o no? ¿Convendrá́ que procuremos tener otro hijo? ¿Conviene que me haga miembro de tal iglesia, o de tal otra? ¿Debo servir al Señor en mi país natal, o en otra parte? ¿Cuál de las profesiones que se me abren debo elegir? ¿Cuál de los cargos que se me ofrecen en la profesión debo aceptar? ¿Será mi esfera actual aquella donde debo estar? ¿Qué derechos tiene esta persona, o causa, sobre mí, sobre mis energías y mi generosidad? ¿Qué cosas han de tener prioridad respecto a mi tiempo y mi servicio voluntario? … la lista es interminable. Naturalmente, en razón de que determinan nuestra vida de manera decisiva, y tienen tanto que ver con nuestra futura alegría o tristeza, dedicamos mucho tiempo a pensar en las “decisiones vocacionales”, y es justo que sea así́. Pero lo que no está bien es que nos hagamos a la idea de que los problemas relacionados con la dirección divina son de este único tipo. Como si en el resto de nuestra vida (la común y corriente) no necesitáramos la dirección divina.

Por el hecho mismo de que la Escritura no determina directamente las elecciones que uno tiene que hacer, el factor del impulso y la inclinación provenientes de Dios se vuelve decisivo. Ese factor hace que uno se incline hacia un conjunto de responsabilidades antes que a otro, y que logre la paz mental al contemplar el resultado de la elección.

Las consecuencias de este error entre cristianos sinceros han sido tanto cómicas como trágicas. La idea de una vida en la que la voz interior decide y dirige todo suena muy atractiva, por cuanto parecería exaltar el ministerio del Espíritu Santo y prometer la mayor intimidad con Dios; pero en la práctica esta búsqueda de la súper-espiritualidad lleva sencillamente a la confusión o a la locura. Hennah Whitall Smith, una mujer cuáquera de gran inteligencia y sentido común, tuvo ocasión de ver mucho de esto y escribió́ sobre el tema en forma muy ilustrativa en sus “trabajos sobre el fanatismo”. Cuenta allí́ de la mujer que todas las mañanas, luego de haber consagrado el día al Señor en el momento de despertarse, “le preguntaba entonces si debía levantarse o no”, y no se movía hasta que la “voz” le decía que se vistiese. “A medida que se ponía cada prenda le preguntaba al Señor si debía ponérsela, y con mucha frecuencia el Señor le decía que se calzara el zapato derecho pero no el otro; algunas veces debía ponerse ambas medias pero no los zapatos; otras veces los dos zapatos pero no las medias; y lo mismo ocurría con las demás prendas de vestir… ”

Este y otros casos son tristemente típicos de lo que ocurre cuando se ha cometido el error básico en relación con la dirección divina. Lo que nos muestra este tipo de conducta es la falta de comprensión de que el modo fundamental por el que nuestro Creador racional guía a sus criaturas es mediante la comprensión y la aplicación racionales de su Palabra escrita. Esta manera de guiar es fundamental, tanto porque limita el área dentro de la cual se requiere y se da la guía “vocacional”, como porque solo los que se han hecho receptivos a ella, de modo que sus actitudes básicas sean las correctas, pueden estar en condiciones de reconocer dicha guía “vocacional” cuando aparece.

En su aceptación precipitada de los impulsos no racionales y no morales como si procedieran del Espíritu Santo, el caso que menciona la autora de referencia estaba olvidando que el vestir decente y modesto había ya sido motivo de dictamen escritural (I Tim. 2:9). Pero la forma verdadera de honrar al Espíritu Santo como nuestro guía es honrar las Sagradas Escrituras de las que se vale para guiamos.

La guía fundamental que nos da Dios para moldear nuestra vida -es decir, el inculcar las convicciones, actitudes, ideales, y valorizaciones básicas, en términos de las cuales hemos de vivir- no es cuestión de impulsos internos aparte de la Palabra, sino de la presión que sobre la conciencia ejerce la representación del carácter y la voluntad de Dios en la Palabra, para cuya comprensión y aplicación ilumina el Espíritu.

La forma básica que toma la guía divina, por lo tanto, es la presentación a nuestra consideración de ideales como líneas de conducta para todos los aspectos de la vida. Así́ es como Dios nos guía por medio de la Biblia, los Proverbios, y los profetas, el Sermón del Monte, y las porciones éticas de las epístolas. “Apártate del mal, y haz el bien” (Sal. 34: 14; 37:27) -este es el camino real por el que la Biblia quiere guiarnos, y todas sus admoniciones están encaminadas a lograr que permanezcamos en él. Téngase presente que la referencia a ser “guiados por el Espíritu” en Romanos 8: 14 se refiere a la mortificación del pecado conocido y a no vivir según la carne, y no a cuestiones de “voces interiores” o experiencias semejantes.

Solo dentro de los límites de este tipo de guía ha de impulsamos Dios interiormente en asuntos de decisión “vocacional”. De modo que no corresponde esperar jamás que hayamos de ser guiados a casamos con un incrédulo, o a fugarnos con una persona casada, mientras existan Icor. 7: 39 y el séptimo mandamiento. El que escribe ha conocido casos en que se ha invocado la dirección divina para ambos cursos de acción. No cabe duda de que existían inclinaciones internas, pero con toda seguridad que no provenían del Espíritu de Dios porque iban contra la Palabra. El Espíritu Santo guía dentro del marco de la Escritura  y nunca en oposición a ella: “Me guiará por sendas de justicia…” y sólo por ellas.

No obstante, incluso teniendo en líneas generales ideas acertadas acerca de esa guía, sigue siendo fácil equivocarse, particularmente cuando se trata de decisiones “vocacionales”. La obra de Dios en estos casos consiste en inclinar primeramente nuestra capacidad de juzgar, y luego todo nuestro ser, hacia el curso que ha marcado como el más conveniente para nosotros,  para su gloria y el bien de otros a través de nosotros. Pero es posible apagar el Espíritu, y es sumamente fácil proceder de un modo que impide que nos llegue su influencia. Vale la pena enumerar algunos de los peligros principales.

Primero, falta de disposición para pensar. Constituye falsa piedad, sobrenaturalismo de un tipo insano y pernicioso el exigir impresiones internas que no tienen base racional, y negarse a aceptar la invariable admonición bíblica a “considerar”. Dios nos hizo seres pensantes, y él guía nuestra mente cuando en su presencia procuramos resolver las cosas; no de otro modo. ” i Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, … !” (Deuteronomio 32:29).

Segundo, falta de disposición para pensar por adelantado, y comparar las consecuencias a largo plazo de los diversos cursos de acción. A menudo sólo podemos ver lo que es sabio y acertado (y lo que es disparatado y desacertado) cuando consideramos el resultado a largo plazo “¡Ojalá, fueran sabios, … Y entendieran su postrimería!”

Tercero, falta de disposición para aceptar consejo. La Escritura recalca esta necesidad. “El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece el consejo es sabio” (Pro. 12: 15). Es señal de engreimiento y de inmadurez rechazar el consejo ante las grandes decisiones. Siempre hay quienes conocen la Biblia, la naturaleza humana, y nuestras propias capacidades y limitaciones mejor que nosotros, y aun cuando al final no podamos seguir su consejo, el solo hecho de haber considerado cuidadosamente su asesoramiento habrá́ tenido efectos positivos.

Cuarto, falta de disposición para sospechar de uno mismo. Nos desagrada ser realistas con nosotros mismos, a pesar de que nos conocemos bien; podemos damos cuenta de cuando otros se están engañando a sí mismos, mientras que no conseguimos hacerlo en nuestro propio caso. Cuando decimos que “sentimos” o “presentimos” que debemos hacer algo tenemos que estar seguros de que no estamos confundiendo la dirección divina con lo que en realidad es un sentimiento basado en los reclamos del ego, en la falta de sobriedad, en el deseo de engrandecimiento personal, o en una tendencia de evasión. Esto resulta particularmente cierto cuando se trata de cuestiones sexuales o condicionadas por lo sexual. Como lo ha expresado un teólogo y biólogo.

La alegría y la sensación general de bienestar que con frecuencia (pero no siempre) acompaña al que está “enamorado” puede fácilmente silenciar la conciencia e inhibir el pensamiento crítico. Con cuánta frecuencia oímos decir que alguien “se siente guiado” a contraer matrimonio (y probablemente diga “el Señor ha guiado con tanta claridad”), cuando todo lo que está describiendo realmente es un estado particularmente novedoso para él de equilibrio endocrino que le hace sentirse extremadamente confiado y feliz (O. R. Barclay). 

Debemos preguntamos siempre por qué “sentimos” que un curso de acción particular es el que nos conviene, y, obligarnos a producir razones. Además, es aconsejable hacer participar a otra persona en cuyo consejo podemos confiar, a fin de que nos dé su veredicto sobre las razones que invocamos. También debemos orar siempre así: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y reconoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23, 24). Jamás podremos ser demasiado desconfiados de nosotros mismos.

Quinto, falta de disposición para deducir el magnetismo personal. De tiempo en tiempo hombres bien intencionados pero engañados, logran un dominio alarmante sobre la mente y la conciencia de otras personas, las que caen bajo su influjo y dejan de juzgarlos con las normas ordinarias. Y a veces algunos cristianos lo traten como a un ángel, o un profeta, interpretando sus planes como dirección adecuada para ellos, y siguiendo ciegamente su guía. Pero esta no es la forma de ser guiados por Dios. No es que los hombres brillantes estén necesariamente equivocados, por supuesto, pero tampoco están necesariamente en lo cierto. Tanto ellos mismos, como sus opiniones, han de ser respetadas, pero no han de ser idolatrados. “Examinadlo todo; retened lo bueno” (I Tel. 5: 21).

Sexto, falta de disposición para esperar. “Espera a Jehová” es un consejo necesario porque frecuentemente Dios nos hace esperar. Él no tiene tanto apuro como nosotros, y su modo de proceder es el de darnos lo que necesitamos como guía para dar un paso a la vez. Cuando estemos en duda sigamos esperando en Jehová y no hagamos nada. Cuando sea necesario, la luz necesaria vendrá.

Conclusión

Aun al considerar todo lo que hasta aquí se ha dicho, no es posible pensar en que este es un camino libre de problemas, de hecho a partir de estos principios pueden suceder grandes conflictos para muchos cristianos.

Han buscado dirección y creen haberla conseguido. Se han encaminado en el curso que parecía indicado por los principios de la escritura y ahora, como consecuencia directa se enfrentan a problemas que de otro modo no hubieran surgido: Aislamiento, crítica, abandono por parte de amigos, frustraciones. De inmediato comienza la ansiedad.

Con todo cuidado frente a los nuevos problemas, estos deben ser tratados como un llamado a considerar nuestro andar, pero no son necesariamente señal de que se anda despistado.  A veces, la dirección divina nos lleva a través de momentos oscuros y tristes, muchas son las aflicciones del justo, más de todas ellas lo librará Jehová.

Para un ejemplo claro, contemplemos la vida del Señor Jesús. Ningún ser humano ha sido guiado jamás, tan completamente por Dios y con todo, ningún ser humano fue descrito jamás tan apropiadamente como “varón de dolores”. La dirección de Dios distanció a Jesús de su familia,  y sus conciudadanos, lo puso en conflicto con los dirigentes de su país, los religiosos, los civiles y lo condujo a la traición, el arresto y la cruz: “El discípulo no es más que su maestro…”

Según todas las reglas humanas, la vida de Jesús fue una pérdida: la pérdida de una vida joven, la pérdida de la influencia de un profeta, del potencial de un dirigente… la vida del cristiano podría también parecer una pérdida incluso ante nuestros propios ojos, pero la dirección de divina, como todos los actos de bendición de Dios, es un acto soberano. No solo quiere Dios guiarnos en el sentido de mostrarnos sus caminos a finque andemos en ellos sino también en el sentido más  fundamental de asegurar que, ocurra lo que ocurriere, , cualesquiera que sean los errores que cometamos, llegaremos a destino a salvo. Habrá caídas y distracciones, no cabe duda  pero los eternos brazos nos sostendrán, seremos rescatados y restaurados. Esta es la promesa de Dios, Así es su bondad. Se concluye pues, que el contexto adecuado para discutir la cuestión de la dirección divina, es la confianza en el Dios que no permitirá que nuestra alma se arruine.

Por lo tanto, nuestra preocupación en este tema debería estar centrado más en su gloria y menos en nuestra seguridad ya que este punto está garantizado y resuelto. De manera que podemos decir con Joseph Hart: Es Jesús, el primero y el último, cuyo Espíritu nos guiará salvos a nuestro hogar; lo alabaremos por todo lo pasado y confiaremos en él para todo lo venidero.

Por: AG  Jonathán Rodea Miranda
Adaptado de “Hacia el conocimiento de Dios”, por J. I. Packer

Comentarios

Loading Facebook Comments ...

Publicar un comentario