La Disciplina de la Iglesia

Las ideas modernas de la sociedad acerca de la tolerancia, diversidad y civilidad han afectado la noción de la disciplina en la Iglesia. Para mucha gente la disciplina de la Iglesia resulta no sólo carente de amor y perdón, sino además invasiva de la privacidad de las personas. No obstante, sin importar qué tan liberal o conservadora sea una Iglesia hay un límite en el que el pecado no puede ser ignorado y el término disciplina de la Iglesia es el término usado para describir el proceso que la Escritura delinea para tratar con el pecado dentro del rebaño de Dios. La disciplina tiene como objetivo la restauración del pecador, cuando es exitosa produce arrepentimiento y reconciliación con Dios, cuando no es exitosa la parte culpable rehúsa al arrepentimiento y si persiste se produce la excomunión.

Algunos puntos importantes sobre el proceso de disciplina son:

1. Se debe llevar a cabo con base en la Biblia, de hecho Jesús mismo en Mateo 18 a partir del versículo 10 habla de cómo realizar el proceso de disciplina. (Ver también Mateo 7.21-23, Apocalipsis 2.5, 2.22-23)

2. La disciplina de la Iglesia NO tiene como objetivo controlar la vida de los miembros. El tipo de faltas que requieren confrontación y disciplina bíblica no son transgresiones no intencionales, pequeños disgustos o temas de preferencia personal sino violaciones serias de principios bíblicos o pecados que hieren a otros creyentes, destruyen la unidad de la Iglesia o ensucian la pureza de la Iglesia, en tales casos debe tratarse con ellos.

3. La corrección nos es compatible con el amor, de hecho Dios disciplina amorosamente a sus hijos (Hebreos 12. 7-11). La forma de disciplina descrita en Mateo 18 reconoce el legítimo papel de la Iglesia como un instrumento de exhortación.

4. Cuando la disciplina privada no ha alcanzado el objetivo y se ha llegado a la disciplina pública el propósito no es exhibir a la persona, sino buscar su restauración y es responsabilidad de la Iglesia en conjunto orar y en sus competencias y prudencia colaborar para este fin.

La disciplina de la Iglesia es una de sus marcas, una forma de valorar la intención de los miembros para someterse a la Escritura como norma no sólo en palabra sino de hecho.

¿A quién corresponde ejercer la disciplina en la Iglesia?

Es por diseño divino que la disciplina tiene lugar en la Iglesia, los verdaderos creyentes son motivados por un amor genuino en este asunto (1 Juan 3.14). La disciplina debe ser administrada en amor por el bien y edificación de la Iglesia en general.

Hacer lo que dice la Biblia en Mateo 18.15-17 no es fácil, no se supone que debamos invadir la vida privada de los demás, pero cuando nos percatamos de que alguno de nuestros hermanos ha pecado tenemos una responsabilidad delante de Dios de confrontar a esa persona. No podemos decir que no es asunto nuestro. Cada creyente debe tener el mismo sentido de compromiso. Es tentador tomar el camino de evitar la confrontación especialmente cuando el pecado está llevando al hermano o hermana lejos de la comunidad de la Iglesia. Pero ese es el momento en el que se requiere que nos involucremos.

Es claro en Mateo 18 cómo Jesús ordena que el proceso de disciplina sea iniciado con un encuentro personal, privado (Mateo 18.15). Si el ofensor se arrepiente no hay necesidad de involucrar a otras personas. Si la disciplina es exitosa tiene el efecto inmediato de alejar a la persona de la falta y limitar el número de personas que conocen de la misma. Si el arrepentimiento ocurre en las etapas tempranas de la confrontación, sólo el ofensor y quien lo confronta saben de la falta. Esa confrontación personal y privada prescrita en Mateo 18 significa que la disciplina de la Iglesia es responsabilidad de cada creyente. No es algo que deba delegarse exclusivamente a los oficiales de la Iglesia. De hecho, si alguno ve a su hermano en pecado, la primera respuesta errónea es reportarlo a los oficiales de la Iglesia, “.. Si tu hermano pecare contra ti, ve y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado a tu hermano.”

Sin embargo, debemos también estar alerta contra los abusos y mantener presentes los propósitos de la disciplina en todo momento (restauración y reconciliación). Existe el riesgo real de que la disciplina se torne en algo común y que se le quiera buscar como solución ante cualquier falta. También, el orgullo puede envenenar el proceso de disciplina, es por eso que Jesús ordena examinarnos a nosotros mismos antes de tratar de quitar la mota en el ojo de nuestro hermano sin quitar la viga en el propio. Muchos cristianos consideran la disciplina como algo exclusivo de los ancianos pero ese no es el caso, la condición espiritual de la Iglesia nos concierne a todos. La responsabilidad de la confrontación inicia con la primera persona que se da cuenta del pecado, no debe delegarse a alguien más, no ampliemos el número de gente que se entere de tal pecado, además orar por la persona que ha pecado no sustituye la responsabilidad de la confrontación, esto nos lleva a otra consideración.

¿Qué pecados son motivo de confrontación?

Todo pecado merece la ira y maldición de Dios y la Escritura es clara en cuanto a la necesidad y propósito de la disciplina de la Iglesia. Jesús otorga a la Iglesia local la autoridad de administrar la disciplina, sin embargo, Pedro llama a que el amor fraternal cubra los pecados. La enseñanza de Pedro no se opone a la disciplina de la Iglesia, sino que es un recordatorio a los cristianos para pasar por alto los pecados cometidos contra ellos cuando esto sea posible y siempre estar en disposición de perdonar insultos o maltratos.

Jesús fue claro al establecer que el primer paso es personal, que no se convierta en chisme aún bajo el pretexto de buscar a otros en ayuda en oración, es decir: sólo ve calmadamente con tu hermano y dile lo que consideras que es su falta, estando solos.

Cuando el ofendido puede perdonar la ofensa que ha sufrido (algún ataque físico en ira, robo de alguna pertenencia, calumnias, etc. ) entonces la interacción personal privada es suficiente. El verbo “redargüir” en Mateo 18.15 se define como: “arguir en contra de los argumentos de una persona” y en griego trae implícita la noción de sacar a la luz lo erróneo. Si es el caso y s eproduce arrepentimiento, también debe ir acompañado de animar al ofensor a mostrar que su cambio es genuino tomando las medidas necesarias para restituir la falta o bien si otros han sido dañados por la falta animarle para que busque reconciliación con ellos.

Algunas faltas no ocurren contra un individuo sino contra la Iglesia como conjunto. Tales ofensas indirectas como: comportamiento mundano, negligencia en los deberes espirituales, pereza o error doctrinal también requieren alguna palabra de confrontación. Especialmente si el hermano o hermana  se está apartando de la Iglesia. En este punto con frecuencia los hermanos que se alejan exhiben el poco interés de los miembros de la Iglesia por su inasistencia, esto es algo que debemos corregir buscando un balance sano hacia un interés genuino por los hermanos.

Aún los pecados contra personas no cristianas deben ser sujeto de disciplina porque tal comportamiento deshonra a Cristo ante los ojos del mundo. No es posible pensar que es válido un comportamiento hacia los cristianos y otro hacia aquellos que no conocen a Dios o no forman parte de nuestra Iglesia local.

Así que las ofensas en que somos víctimas como aquellas indirectas que no puedan ser pasadas por alto por dañar el honor de nuestro Señor deben ser motivo de confrontación personal. Las medidas para esto deben ser en un espíritu de amor, paciencia, respeto y gracia. Lo que menos necesita nuestra Iglesia es que nos convirtamos en un grupo de detectives ansiosos por encontrar la mínima falta de los hermanos y que además nos veamos a nosotros mismos como los únicos adecuados de limpiar a la Iglesia de todo pecado. Examínese pues cada uno a sí mismo.

Por: A. G. Jonathán Rodea Miranda
Adaptado de “La libertad y poder de perdonar”, por John McArthur.

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