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El culto litúrgico durante la Reforma

Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Pues qué diremos á esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? Romanos 8.28-31

Lutero y Calvino fueron los siervos de Dios más grandes de la Reforma, pero Calvino no tenía como Lutero amigos influyentes y poderosos que lo protegieran. Una de las cosas que distinguen a Calvino como Reformador es la admisión de laicos a participar en el gobierno de las iglesias. Antes, la iglesia estaba gobernada únicamente por el clero.

Con Calvino, los presbiterianos de Escocia se resistieron a la introducción del culto litúrgico en sus iglesias; pero lo que provocó la oposición no fue el uso de una liturgia, sino el hecho de ser una liturgia impuesta por Inglaterra.

Calvino preparó una liturgia para el culto público que consistía en: una confesión general de pecados, el recitado o canto de los Diez Mandamientos y el Credo de los Apóstoles, oraciones de suplicación e intercesión y la Oración dominical. Más tarde, en el orden de culto establecido en Ginebra, se dejó lugar para la oración improvisada al lado de las oraciones prescritas.

Calvino dio un lugar importante a la música en el culto de la iglesia (aunque en cierta época se oponía). En Estamburgo publicó su primera colección pequeña de Salmos, en forma métrica e himnos en francés.

Calvino creía en el valor de la instrucción, una de sus obras más grandes y permanentes en Ginebra fue el establecimiento del Colegio, ahora Universidad de aquella ciudad, su obra abarcó muchas áreas y con todo, al final de sus días expresó:

“Todo lo que he hecho no vale nada y soy una criatura miserable, no obstante puedo decir de mi, que siempre he deseado el bien, que mis errores siempre me han disgustado y que en mi corazón siempre estuvo la raíz del temor de Dios”.

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